MUJERES DE ACERO

Las mujeres han sido, en todas las épocas y culturas, piedra de toque de la estructura familiar y social. Pero sólo en ocasiones se les ha brindado reconocimiento. Ahí radica su grandeza: sus acciones no dependen de la gratitud; siempre entregan lo mejor de sí, desinteresadamente. Por eso, siempre es oportuno recordar la labor de las que han luchado arduamente en el anonimato. En silencio han sembrado bien sea en la fábrica, el servicio público, el comercio o cuando escriben, pintan, componen música, desde luego en labores propias del hogar, y en fin, en los más diversos menesteres.A veces, durante las tareas, los sentimientos se entrecruzan, unas sufriendo calladamente, otras, las menos, logrando triunfos y aplausos.En nuestro caso, el de las regiomontanas, tenemos fama de un carácter fuerte, bravío, aguerrido, que pareciera estar hecho de acero. Por ahí se dice que es de temerse, de cuidado, que impone. No hay tal. Veamos el porque de esa creencia o afirmación.A lo largo de la historia de Nuevo León, la mujer ha destacado junto al hombre, por su capacidad de trabajo y empeño. Hoy aún más, en los tiempos modernos, donde presenciamos la lucha femenina, más abiertamente, inserta ya sin excepción en todos los campos, disciplinas y actividades.Desde la fundación de esa industriosa entidad, la participación de las mujeres ha tenido enorme importancia. En un principio ocupó un puesto al lado de los conquistadores y colonizadores, distinguiéndose por su tenacidad, osadía, valentía y temple excepcionales. Muchas esposas, hijas, nietas, llevaron a cabo actos que, sin lugar a dudas, pueden considerarse heroicos. En esta zona, donde la guerra con los indios, sobre todo apaches, fue encarnizada y parecía interminable, imponiéndose con frecuencia el desánimo y la zozobra, las mujeres demostraron a través de todos y cada uno de sus actos estar por encima del papel que tradicionalmente se les confería: dirigieron labores agrícolas y ganaderas, administraron minas y haciendas; empuñaron las armas en defensa de los suyos y de sus patrimonios logrados mediante un sinfin de sacrificios; amén de cuidar la familia, velar por su bienestar, actividades tradicionalmente no reconocidas, ya que se consideraban, y se siguen considerando, como una obligación sin pago ni recompensa.Con el trabajo y la lucha cotidiana, éstas y otras mujeres crearon la férrea fisonomía de Nuevo León. Forjaron así, su reciedumbre, obstinada laboriosidad, y parquedad de costumbres. En múltiples ocasiones han tenido que confirmar sus singulares cualidades. La historia nacional da testimonio de estos sucesos. Para citar uno de tantos, me referiré a la invasión estadounidense, en particular al sitio de Monterrey. Las fuerzas al mando de Zacarías Taylor cercaron la ciudad y sus pobladores se defendieron con desesperación, pero con entrega y esperanza. En aquellos días aciagos, escenario del valor y patriotismo, surgieron dos heroínas regiomontanas. ¡Cómo no evocarlas!: María de Jesús Dosamantes y María Josefa Zozaya.La primera se presentó ante el general Pedro Ampudia, vestida de soldado, y solicitó su incorporación a las filas defensoras, petición que le fue concedida. Con esa indumentaria recorrió las líneas de fuego, ayudando a los soldados y animándolos con su ejemplo. Por su parte, María Josefa, al ver con gran angustia y tristeza que desfallecían los soldados, subió a una azotea, sin importarle el riesgo en que ponía su vida, para convocarlos, a redoblar la lucha en medio de los disparos de la artillería yanqui. Los sitiados, gracias a sus palabras de aliento, reanudaron el combate, mientras María Josefa los auxiliaba llevándoles víveres, parque, y, por supuesto, ánimo como sustento moral y social.Estos datos y otros nos muestran el estilo de ser de la mujer neolonesa. ¿Pero se dan cuenta de que no existen motivos para temerlas? Más bien son razones para admirarlas, para seguir su ejemplo. En más de una oportunidad se confunden arrojo, franqueza, carácter y firmeza con arrogancia o prepotencia. Por fortuna heredamos esa genética, unas gotas de sangre de esas mujeres y esa forma de ser. Heredamos entonces un grave compromiso: la obligación de mantener vivo su recuerdo, a la vez que su dinamismo, sus avances y la decisión de estar y actuar.Por eso, en momentos pesarosos o de desolación, estamos obligadas a exhortar a todas las mujeres, sean norteñas e igual sureñas y de todos los rincones de este hoy tan adolorido país, para continuar con la batalla a fondo. Unas en la selva tropical, otras en esta de concreto, en cada momento y espacio, todas…y todos.Resulta pues muy importante recordar a las doñas, a las grandes mujeres, a las mujerazas de México, de ayer y hoy, y pedirles que nos iluminen, que nos guíen. Ellas bien sabían cuál era el camino, tanto como lo decía Goethe: Si quieres saber que es debido hacer en cada caso, pregúntalo a las mujeres.
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Comentarios

  • ¡Así es Señora! y como decía Oscar Wilde: "La fuerza de las mujeres depende de que la psicología no puede explicarla. Los hombres pueden ser analizados; las mujeres sólo pueden ser amadas."

    Creo que la fortaleza de la mujer no es privativa de las regiomontanas. Esa fortaleza se encuentra presente en todas las mujeres sin importar la región.

    La mayoría de las veces ocultas y las menos al descubierto, pero sin duda alguna, la mujer siempre ha estado y estará en momentos y circunstancias "clave" en todas las regiones y en todas las culturas. Ahí en donde hacen más falta, ahí en donde se requiere de tomar decisiones cruciales.

    Sin afán de protagonismo porque no lo necesitan. Todos sabemos que siempre están ahí, ya sea como madres, como esposas, como hermanas, como amigas...

    De ahí la importancia de nuestras mujeres en todas las sociedades y ya que estamos aquí, en la sociedad mexicana que tan necesitada está de todas ustedes, que tan hambrienta se encuentra de una mano que la guie por el buen camino. Ese camino que poco a poco estamos perdiendo.
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