HAGAS LO QUÉ HAGAS, HAZLO A TU MANERA

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  • REBELDÍA. Hagas lo que hagas, hazlo a tu manera.

Nunca me gustó aplicarme aquello de: “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”. Más bien soy de: “A mi manera”. He procurado hacerlo “todo” a mi manera, lo cual, no significa que no me haya “equivocado”. Errar es humano, aceptarlo es divino y rectificar es de sabios y de prácticos. O eso me gusta pensar.

¿Te has preguntado alguna vez cómo es que te sientes mal en tu vida, en una relación ya sea ésta laboral o personal? ¿Has probado a revisar tus valores? A pesar de que nadie te haya hablado de tu escala de valores, aunque no sepas de su existencia, estos habitan en tu alma. Y, cuando no vives acorde a los mismos, estos protestan, te avisan de que pasas de ellos, los ninguneas, ignoras o, peor aún, los traicionas. Por eso montan gresca en tu interior. Al principio, puede ser un tímido dolor de cabeza, un malestar pasajero que, de no atender su ‘llamada’, puede llegar a convertirse en una seria enfermedad. Asumir responsabilidad sobre nuestros actos, no nos gusta. Preferimos apuntarnos al sentir general, según el cual, la enfermedad está ahí y a todos nos puede tocar. Cierto. Ahora bien, ¿te has parado a pensar en cómo puedes estar contribuyendo a envenenar tu alma cada día un poco más?

La rebeldía tiene mala prensa. ¡Cómo no iba a tenerla! A los que les gusta mandar y mangonear los destinos ajenos, no les interesa una sociedad formada por individuos librepensantes. Muy al contrario, los prefieren borregos. Por lo que, se suele castigar al que osa vivir a su aire. ¿Cómo? Con el ostracismo. Si osas mostrar que tu forma de pensar va a contracorriente, o simplemente a tu corriente, en lugar de sumarte a lo que piensa ‘todo el mundo’, a lo que se lleva, a buen seguro que te darán con el ostracismo en los morros. Muchas veces, no es que pienses de forma diferente, simplemente muestras que razonas, que te haces preguntas, que cuestionas. Es lo que tiene la rebeldía, nos impele a cuestionarlo todo.

Hace años leí un libro titulado ‘VIDA APASIONADA’, el autor era Sam Keen, un psicólogo americano. Sam Keen, en dicho libro, establece clasificaciones o perfiles psicológicos en base a la actitud vital. El punto y aparte, o línea divisoria, la marcaba el tipo ‘Fuera de Ley’, no por ser un forajido o un delincuente, si no por el hecho de atreverse a vivir al margen de los dictados de la sociedad. Por ejemplo: consumir lo que necesita, comprar una casa acorde a sus posibilidades económicas, trabajar en aquello que le apetece, tener un coche que puede mantener sin esfuerzo o no tenerlo… Lo confieso, he sido, y soy, una ‘fuera de ley’. O sea, vivo a mí manera. Claro que, la contrapartida, lo que equilibra la rebeldía, es la NO necesidad de fama.

 

  • El rebelde sólo necesita contar con su aprobación. Su independencia se debe a que:
  • Cuenta con sus valores y sus creencias.
  • Cuida de su integridad.
  • Cuida de su dignidad
  • Queda bien consigo mismo porque su conciencia es sólo suya y de nadie más.
  • Ha asumido el coste, las consecuencias, de ‘quedar bien con los demás’. Por eso, sólo queda bien consigo mismo.
  • Ha aprendido la lección en lo relativo a los efectos del auto ostracismo
  • No quiere volver a pasar hambre emocional ni espiritual de sí mismo nunca más.
  • Tiene claro que la congruencia es decisiva para la salud psicoespiritual.
  • Conoce sus innegociables y negociables, los respeta y en base a ellos establece el marco de sus relaciones.
  • Ha concluido que la única relación que es para toda la vida, la suya, es con ella misma o él mismo. Ergo, la única persona sin la cual no puede vivir es: él/ella misma.

 

Hace años, siendo colaboradora en un programa de televisión (Chanel 4, Cuatro), en una de las reuniones que teníamos para preparar el programa, no recuerdo exactamente qué se dijo, ni quién fue quien lo dijo, ni a propósito de qué se dijo, el caso es que espeté al más puro estilo rosettiano: ‘Me parece una memez gastarse 6.000 euros en un bolso’. Mi opinión, provocó una réplica contundente, a modo de sentencia divina, por parte de uno de mis compañeros de programa: “Rosetta, como se nota que no tienes 6.000 euros. Caso contrario, no opinarías así”. En lugar de quedarme callada, o de sentirme avergonzada o humillada, saqué mi vena respondona y rebatí: “¿Cómo sabes que no tengo 6.000 euros? ¿Acaso has visto mis cuentas bancarias?” Estando rodeada de gente que ganaba un pastón en cada programa, famosos y en la cresta de la ola en ese momento, fui una osada al replicar así. Es lo que tiene tomarme cuarto y mitad de rebeldía cada día para desayunar. Tengo por costumbre dar mi opinión, esto es, compartir mi pensar con otros. Opinar no es ofender. Si las cosas son dichas con respeto y el otro se ofende, es una decisión personal que toma esa persona, la cual deberá dilucidar consigo misma el cómo es que decide molestarse u ofenderse con algo dicho con respeto. Ahí lo dejo.

 

  • El rebelde ha aprendido, a base de ensayo-error, que es imposible contentar a los demás. Imposible. Tratar de vivir acorde a las leyes sociales, nos vengan como nos vengan, es un error que se paga muy caro. Por consiguiente, la felicidad, la nuestra, no deberíamos ponerla en manos de la ‘cotización social’. De hacerlo, corremos el riesgo de que nos arruinen la empresa.

No obstante, la rebeldía también tiene otros usos. El de la salud, por ejemplo. Me refiero a cuando el médico nos da un diagnóstico ‘malo’. Empiezo por casi el final:

A mi madre, a sus 82 años, una médico oftalmóloga de la SS, le sentenció que lo suyo no tenía remedio y que se quedaría ciega. Casi le da un síncope o algo peor. La médico (era mujer), además de insensible, fue muy maleducada y desconsiderada con mis padres, los trató como tontos por el hecho de ser personas mayores. No tuvo ningún tipo de miramiento para con ellos. Al decirles, lo que les dijo, así sin anestesia alguna, se quedaron en estado de shock, y viendo que no reaccionaban les dijo, en un tono de recochineo y ninguneante: “¿Me han entendido? ¿Se han enterado de lo que les he dicho?”. Cuando hablé con mi madre por teléfono y me contó lo sucedido, tuve que empezar por minimizar los estragos emocionales que en ella había causado la ‘sentencia’ en forma de diagnóstico. Había ido para ver si le cambiaban las gafas, y salió con una ‘sentencia de ceguera”. Aproveché que años atrás también tuvo otra similar en cuanto a que, el médico, también sentenció como si hubiese tenido la agenda de Dios en sus manos. Mi madre se había roto la cadera. En urgencias del hospital de la SS no le vieron la rotura y la mandaron para casa. Lo que en principio fue una ‘mala suerte’ acabó siendo su gran suerte. Mes y pico después de la caída, le llevé las radiografías a un médico amigo de mi familia, radiólogo para más señas. Al verlas, me dijo que debía llevarla a un super especialista para que le cambiase la cadera o nunca más volvería a andar a tenor de lo que se veía en la radiografía. Recuerdo que, ese día, el cielo en Madrid ofrecía un color plomizo descorazonador, el cual cayó sobre mí como millones de toneladas aplastándome el ánimo al escuchar esas palabras. Yo aún no había ido a California a estudiar PNL -de hecho, sería ese mismo año cuando iría (el destino me llevó, pero esto es otra historia que ya contaré),  por primera vez-, por lo que fue mi instinto natural el que me llevó a elaborar el reencuadre de la situación.

Nunca le conté a mi madre el diagnóstico. En su lugar, le presenté las opciones que, a mi modo de ver, tenía. Asimismo, le reiteré que, escogiese el camino que escogiese, yo la apoyaría incondicionalmente. Mi madre optó por hacer mucho trabajo interior y, cuando, seis meses después, la vio un especialista, -había ido ella conduciendo el coche y andando por su propio pie-, éste médico no daba crédito. Según él, lo suyo era un milagro. Así es. El milagro lo obró la rebeldía de mi madre cuando optó por iniciar el camino de la curación en vez de tirar la toalla. La cadera se soldó -es la suya, y ahí sigue-, y volvió a andar. Tiene una fuerza de voluntad tremenda.

Volvamos a los ojos. Aproveché su historial para ayudarla a salir del pozo emocional en el que, el diagnóstico de la oftalmóloga, la había sumido. La insté a usar su rebeldía para rebelarse contra la sentencia. Le recordé que ningún médico tiene la agenda de Dios. En lugar de aceptar el diagnóstico, buscamos solución en otro lugar y, cuando volvíamos de la consulta del especialista que, más tarde la operó de cataratas, paré en una gasolinera. Al bajar del coche, encontré una moneda de Polonia. Me lo tomé como un guiño del Universo: asocié Polonia con el Papa Juan Pablo II, o sea, había remedio para mi madre. Han pasado cuatro años, y mi madre no está ciega. La trata una especialista en retina, y aunque no ve cómo hace años, puede ver por dónde va, puede ver la tele, puede ver la cara de la gente, e incluso hace sus pinitos cosiendo y leyendo titulares en la prensa. Creer es poder. Y, los milagros son posibles cuando se les apoya.

 

La rebeldía fue decisiva. Su determinación y fuerza de voluntad obraron el milagro.

Hace años, impartí una conferencia en una asociación contra (no me gusta nada este adverbio) el cáncer. Entre las asistentes había una mujer que, al final de la conferencia, se acercó y me contó su historia. Casualmente, había leído algunos de mis libros. Me dijo que estaba de acuerdo con lo que yo había dicho acerca de que ‘ningún médico tiene la agenda de Dios’ y de que cada uno de nosotros podemos ejercer la libertad de optar por la profecía autocumplida o rebelarnos y transitar por el camino de la oportunidad. En su caso, le habían dado cinco meses de vida. Empero, llevaba varios años viva y todo porque decidió tomar la decisión de rebelarse y ver crecer a su hija adolescente. Tenía un aspecto muy saludable. Y, la fuerza con la que abordaba la vida no era fingida, era muy real. Asimismo, me contó que, en esa misma época, a una amiga suya también le diagnosticaron cáncer. “Le dieron seis meses, y así fue. Mi amiga, hizo como tú has dicho, profecía autocumplida.” Entre la audiencia, recuerdo el rostro de una mujer que llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo. Cuando apunté eso de rebelarse contra el diagnóstico, me lanzó una mirada furibunda. No todo el mundo quiere la responsabilidad que conlleva la rebeldía, el ser uno mismo, el tomar decisiones propias respecto de todo.

Quizás, sólo quizás, y no es por ‘echarle la responsabilidad’ a mi madre del ejercicio tan resuelto que hago de la libertad, ella me proporcionó la razón por la cual mi corona está hecha a base de rebeldía y de singularidad: tendría yo unos catorce años, cuando, la directora del colegio de monjas donde yo estudiaba el Bachiller emitió un veredicto a cerca de mí: “Su hija, es muy orgullosa”. A lo que mi madre respondió: “Se equivoca usted. Mi hija no es orgullosa, simplemente tiene muy claro quién es.” Fin de la discusión.

 

FUENTE: libro ATRÉVETE A SER TU MEJOR VERSIÓN (Amazon), Rosetta Forner

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