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Todos los seres humanos tendemos a experimentar la amenaza y la necesidad de generar, consecuentemente, una defensa. Parece que tal orientación nos viene dada desde nuestra estructura genética. Durante milenios, en la época de las cavernas, se fijó este sentido de alerta permanente, para poder sobrevivir en un medio hostil. Desde entonces necesitamos garantizarnos la seguridad, en sus diversos órdenes, con mayor o menor intensidad en unas personas y otras. Podemos verlo, en la actualidad, en ese deseo de tener y mantener un trabajo estable, una seguridad laboral y social, unas leyes que nos proporcionen justicia en todas las circunstancias y dificultades de la vida diaria. Pero lo cierto es que la única seguridad real se encuentra en nuestro interior. La sensación de seguridad es algo íntimo. Y tal íntima seguridad se articula en función de nuestras ideas, creencias y valores. Nadie puede dárnosla. Aunque, paradójicamente, la mayor parte de las personas la busca fuera; en las instituciones, los grupos, los contratos, los países, los sistemas financieros. Pero todo ello no constituye una seguridad real; periódicamente se sumergen en una o varias crisis, más rápidas o más lentas, pero permanentes. Tales referentes, en realidad, son tan sólo símbolos de seguridad. Sólo nosotros los hacemos importantes, seguros o inseguros. Por sí mismos no son nada.

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