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LECCIONES DE LIDERAZGO QUE APRENDÍ EN COLOMBIA (PARTE 2)

Rentamos un coche para llegar a Guatapé, un majestuoso pueblo colorido conocido como “Pueblo de zócalos”. Guatapé se encuentra en medio de un lago enorme, con pequeñas bahías que lo hacen tener una vista espectacular. Subimos la piedra emblemática para poder gozar de la vista, llegamos casi sin aire porque son 700 escalones, pero fue lo de menos cuando logramos ver desde la cima esa espectacular vista. Me impresionó ver una turista sola con un bastón de tres patas, bajando la escalera en reversa. La próxima vez que me queje de una dolencia me voy a acordar de esta mujer.  

Puedes transportarte en pulmonías o motochivas, una especie de motoneta con cabina, que maneja un chofer y donde caben dos personas atrás. Ya en el pueblo observé el colorido de las casas. Le llaman zócalos a la franja dibujada bajo cada casa, con diferentes diseños y colores que cuentan la historia de cada familia. Ninguna es igual pero eso sí, todas lucen súper pintorescas. Sin duda un lugar al que hay que ir. Las personas están sentadas en el interior de su casa con las puertas abiertas viendo a la gente que pasa por las calles. Entre las calles y casas, hay locales de artesanías y comida. Volví a ver a la turista ahora subiendo escaleras, su energía era increíble.

¿Qué posibilidades hay que en un pueblo de 7 mil personas te encuentres una celebridad? En nuestro paseo por lancha para conocer los alrededores del lago, se acercó con su esposa, Jürgen Klaric, afamado escritor e investigador estadounidense, experto en neuromarketing y neuro-innovación. Soy su fiel seguidora y me pareció increíble verlo ahí. Me acerqué a saludarlo y se alegró que fuéramos mexicanos. Nos compartió varios tips para nuestro próximo destino: Cartagena. 

Cartagena.

¡Es increíble! Y sí, hace demasiado calor pero se siente la brisa del mar casi todo el tiempo. Había oído hablar de su ciudad amurallada pero verlo en vivo fue todavía mejor. Ahí sí la gente maneja como en nuestra bella CDMX. Van a toda velocidad, se meten entre coches y la gente camina todo el tiempo. La arquitectura de Cartagena es hermosa. Algunas casas conservan sus diseños históricos, como el Hotel Santa Clara que en su inicio fue un convento. Puedes caminar alrededor de la muralla y ver hacia las diferentes callecitas con sus locales y restaurantes. La oferta gastronómica no tiene fin. Sobre todo dentro de la ciudad amurallada.  

Año Nuevo fue una gran fiesta. Los diferentes locales ponen sillas y mesas en las calles, puedes pasar la fiesta con todo el mundo. Las calles se llenan de turistas, gente local y todos disfrutan de la música y la comida. Saliendo de la ciudad amurallada, había miles de sillas y mesas para que las familias llevaran sus bebidas o comida y así poder disfrutar del espectáculo de luces y fuegos artificiales que empezaría en los primeros minutos del 2020.

Lo más impresionante fue que al salir, veías la cantidad de gente, sillas, papeles tirados, botellas, pero al día siguiente, parecía que lo había recogido una aspiradora; las calles estaban limpias por completo. Supongo, porque no lo vi, que fue un gran trabajo en equipo, dejar la ciudad lista para el ajetreo del día siguiente. El calor en Cartagena es agotador, y por eso encuentras miles de vendedores ambulantes vendiendo agua embotellada fría y cerveza; por aquello de la deshidratación. Aunque la brisa del mar sopla, hay momentos en que el calor te deja exhausto.  

Posteriormente visitamos el Castillo de San Fernando, lleno de historia de la época de la conquista, cuidado si te metes a uno de los túneles subterráneos que usaban en su tiempo para huir. No tienen mucha luz y con el calor no sé cómo le hacían para escapar por ahí.   

Después fuimos en lancha a las Islas de Rosario, un conjunto de alrededor de 27 islas privadas, creo que tres son del Gobierno solamente, algunas son viviendas de los nativos, otras estaban en renta y en otras había locales para comer, rentar camastros y pasar el día. Hay un acuario, u oceanario como le llaman ellos, y puedes bajar a snorkelear. Incluso puedes comer bajo una palapa con los bancos sobre el agua y te sirven tu comida ahí. Es un lugar de buen ambiente para escuchar música, sobre todo vallenatos y reggeaton.   

Por cierto, aprendí que como Colombia está muy cerca del Ecuador, no existen las 4 estaciones. Medellín fluctúa de verano a invierno, aunque le dicen la ciudad de la eterna primavera. ¡En Cartagena siempre es verano, siempre! Llueve dos meses del año y es todo.

En fin, estoy segura que hay más historias que compartir y lugares por conocer en Colombia, sin duda tendré que regresar. Mi familia y yo coincidimos en que es una cultura parecida a la nuestra. Claro, existen diferencias. Casi todos los colombianos se emocionaban cuando se enteraban que somos mexicanos.  

La comida es deliciosa, el tostón (hecho de plátano), el plato paisa, las cazuelas de mariscos, etcétera, un lugar altamente recomendable, lleno de historia, de resiliencia y resistencia. Un país que pudo sobrevivir a los retos impuestos por la droga y por Pablo Emilio Escobar, quien incluso tiene un museo sobre su historia. 

“Los viajes ilustran”, siempre nos decía mi mamá. Para mí son parte importante del crecimiento personal porque se aprende de otras culturas, de su comida, de cómo viven y sobreviven. En este viaje a Colombia aprendí sobre todo a tener una visión más amplia, a aceptar la diversidad y todo aquello que es diferente a lo nuestro. De cada una de estas visitas me quedo con un gran aprendizaje y con mucha energía para seguir buscando lugares maravillosos donde seguir aprendiendo. 

Ale Marroquín te lleva a la cima por medio de una transformación personal. Trabaja de la mano de las personas para empoderarlos, para encontrar y reinventar su marca personal a través de su esencia, talento y valores y que puedan conseguir proyectar liderazgo y una presencia ejecutiva de éxito. www.alemarroquin.com twitter @a_marroquin

 El contenido original de esta publiación está en https://www.alemarroquin.com/2020/01/20/lecciones-de-liderazgo-que-...

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