VIVIENDO EN ARMONÍA (PARTE 1)

Los humanos somos (aparentemente) los únicos seres vivos con el poder de razonar opciones (nunca hemos visto un animal equivocándose). En otras palabras, podemos decidir lo que queremos hacer, de acuerdo a nuestras condiciones emocionales, mentales, espirituales y físicas, y según algunas circunstancias externas. Esa habilidad es más conocida como Albedrío (en México le llamamos Libre Albedrío, pero es una redundancia. La palabra Albedrío significa libertad). Aquí lo llamamos: Libre Voluntad.

El don de elegir es lo que nos ha permitido progresar y descubrir nuestro propio potencial creativo. Sin embargo, nuestra capacidad de decidir resulta ser una espada de dos filos, pues nos conduce a crear ciertas complicaciones y a menudo, nos dirige a buscar o crear tormentas dentro de un vaso de agua.

Es una tristeza que, a pesar de nuestras capacidades intelectuales, nos dedicamos una gran parte del tiempo consciente, buscando sentido a asuntos de poca o nula importancia; sentidos que son muy obvios, o peor aún, no existen.

Conforme más nos desgastamos en la búsqueda  de las cosas que no son, nos dedicamos menos tiempo a las bendiciones de nuestra vida, mismo que nos distrae de aquellas cosas que nos hacen vivir con plenitud nuestra paz y armonía interna.

Al no vivir complicaciones, dejamos de complicar nuestra vida y aceptamos las cosas tal como son. Fluimos con mayor vigor, hallando así nuestra potencia natural de crear un balance mental, emocional y espiritual.

He aquí algunas prácticas simples, básicas y efectivas que nos ayudan a ver las situaciones internas y externas como son y crear así nuevas formas para lograr una vida llena de satisfacciones, logros y plenitud.

1.Modificación de Juicios

Seamos conscientes cuando juzgamos a los demás por acciones cotidianas. Si, por ejemplo, estamos en la fila en el banco, es probable que nos impacientemos con las personas que están siendo atendidas antes que nosotros, porque en nuestra opinión, no están bien organizadas con la información o los documentos necesarios. O bien, podemos estar en la fila de la caja rápida del super y, de pronto, notamos que la persona delante de nosotros tiene demasiada mercancía en su carrito. Ante estos sucesos, nuestra reacción inmediata es criticar: "¡Estúpido! ¿Por qué no cuenta las cosas antes de llegar a la caja? Qué gente... ¿No se da cuenta que esta caja es para máximo 10 artículos?" Estas son las criticas más ligeras. A menudo, nuestra reacción puede ser un poco más fuerte; algunos de nosotros hasta provocamos confrontaciones.

En ese preciso momento, cuando el juicio es fresco en nuestras mentes, es necesario voltear hacia nosotros mismos y contemplarnos brevemente: “¿Será que soy así?, ¿soy lo suficientemente organizado para no “atorar” la fila?, ¿Acaso no he pasado por esta misma caja rápida con más de 10 artículos? ”

Este ejercicio enfoca nuestro pensamiento en nosotros mismos, lo que provoca perdonar a la otra persona.

Culpar a otros nos impide cambiar nuestras experiencias. Tomar la responsabilidad sobre nuestras creencias y juicios, nos otorga el poder de cambiarlos y ser más conscientes de la posibilidad que estamos fijando en las acciones de los demás a través de nuestro ego.

Debajo de la superficie somos espejos y a quien miramos es a nosotros mismos, disfrazados para podernos conocer. Voltear el juicio nos permite perdonar. La acción de perdón nos guía a la autoconciencia que nos permite construir una integridad sólida.

2. Los asuntos de la vida

Cuando estamos agobiados, rendidos, exhaustos, o ansiosos, estamos mentalmente, emocionalmente y espiritualmente quebrados. Cuando eso pasa, es importante reflexionar de la siguiente manera: “¿Mentalmente, de quién es este asunto?"

Todo lo que sucede en el universo son asuntos de la energía eterna (Dios), asuntos de otras personas, o asuntos nuestros. Por ejemplo, podremos decir que un tsunami es asunto de Dios, pero si nuestro vecino tiene una casa de color muy “especial”, es definitivamente asunto del vecino. Pero, ¿de quién es asunto si nos enojamos por la casa fea del vecino? El enojo es asunto nuestro. 

Para  que estos asuntos que no nos afecten, simplemente contemos mentalmente, en intervalos de 2 o 3 minutos, cuántas veces al día nos metemos mentalmente en asuntos de otros. En el momento que nos percatamos dando un consejo u opinión que no fueron pedidos (hablado o pensado), preguntémonos: “¿Estoy metiéndome en su asunto? ¿Me han pedido el consejo? Y lo más importante – ¿aplicaré el consejo que estoy ofreciendo?”

 

3. Desprendiéndote de tu cuerpo y de tu historia

Habla de ti, contigo mismo, en tercera persona. En vez de decir “Me voy al supermercado”, di, “Esta se va al supermercado.”

Practica con alguna amiga el hablar de ti misma sin pronombres personales (yo, mi, nosotros). Hazlo durante una hora o todo el día. Por ejemplo: “¿Cómo está esta el día de hoy”? Examina lo que se siente des-personificar tu cuerpo, tus historias y lo que piensas que eres.

4. Hablando en tiempo presente

Pon atención al tiempo de las conversaciones, es decir, cuántas veces se enfocan en el futuro o en el pasado. Estate alerta de los verbos que utilizas: fui, hice, haré, seré, etc. Hablar del pasado en tiempo presente es despertar hechos del pasado, aunque sea sólo mental. Esto nos hace perder el concepto de lo que significa el presente y el ahora. Hablar en tiempo futuro crea fantasías.

Si quieres sentir miedo, piensa en el futuro; si quieres sentir culpabilidad o pena, piensa en pasado.

5. Lavando trastes

Lavar los trastes es una de las formas de aprender a amar la acción que sea. Nuestro dialogo interno nos guía todo el tiempo a hacer ciertas cosas simples, automáticamente, como es manejar, barrer o lavar los trastes. La sencillez de estas tareas debe ser vista y aceptada como si fuera la más sagrada. Pon atención a tu dialogo interno, escúchalo y actúa sobre sus sugerencias con confianza; crea y vive una vida llena de gracia, sin esfuerzo y milagrosa.

6. Escucha la voz de tu cuerpo

Tu cuerpo es la voz de tu mente. Tu cuerpo habla contigo con su movimiento físico, a través de contracciones musculares (como las cosquillas, escalofríos, tensión, entre otras). 

Sé alerta de las veces que te alejas de la calma. Practica la tranquilidad y quietud, y permite que tu cuerpo te diga cuando tu mente se contrae, sin importar qué tan sutiles sean las contracciones.

Cuando notas una sensación, investiga: “¿Que situación o pensamiento es el catalizador de esta reacción física? ¿Estoy desalineada con mi integridad por esta circunstancia? Si sí, ¿estoy dispuesta a desapegarme de esa creencia o pensamiento que causa a mi cuerpo contraerse?” Escucha y permite a las respuestas guiarte de regreso a la paz y tranquilidad dentro de ti.

La próxima semana hablaremos de más prácticas y herramientas. 

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