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Venezuela

Recuerdo que, cuando era una veinteañera, Venezuela se posicionaba como una nación próspera, libre y democrática.

De hecho, se le ponía como ejemplo en América Latina por sus avances en materia económica y política.

Sin embargo, conforme pasaron las décadas algunos de los gobiernos en turno no dieron la talla para llevar adelante al país por ese camino de prosperidad. La corrupción empezó a enquistarse con consecuencias nefastas y los sucesivos gobernantes lograron, con su mal desempeño, que la sociedad descreyera del sistema político que tenían. Al paso del tiempo esto derivó en la llegada de un populismo engañoso, retrógrado y dictatorial, encarnado por el carismático y autoritario comandante Hugo Chávez.

Pero lo peor no ocurrió con ese caudillo, quien se reeligió dos veces y habría seguido mucho más tiempo en el poder si el cáncer no le hubiera ganado la batalla. Lo más grave se ha dado después de la muerte de Chávez, con ese continuismo caricaturesco que se concentra en la persona de Nicolás Maduro.

Desde el ascenso de Maduro al poder hemos sido testigos de sus delirios dictatoriales y represores, además de su incapacidad administrativa. No hay otro modo de explicar que, siendo una nación tan rica en petróleo, Venezuela esté sumida en una crisis económica casi irreversible.

Por supuesto, no cerramos los ojos ante las fuertes embestidas de los intereses estadounidenses y, sobre todo, de algunos grupos muy poderosos. Intereses depredadores y sin escrúpulos que en ese, como en otros casos del continente americano, pretenden apoderarse de los recursos naturales del país y obtener las mayores ganancias a costa de lo que sea. Es evidente que la crisis venezolana se ve alimentada por la obsesión del gobierno y los intereses empresariales estadounidenses, que se empeñan en evitar cualquier modelo que no sea el neoliberal, aterrados con la posibilidad de que se posicione otra visión del mundo que luego quiera trasladarse hacia otros lugares.

Dicho esto, también hay que señalar que queda claro que la mejor manera de resistir ante esos intereses improcedentes, y la vía idónea para anularlos es encauzar el desarrollo con certeza legal, justicia social, libertades y elecciones democráticas y transparentes.

No es ese el camino que han elegido para Venezuela Nicolás Maduro y sus intransigentes seguidores. Vemos, en cambio, un país dividido y con problemas gravísimos, lo mismo de inestabilidad que de abasto –incluido el alimentario–, censura y represión. En síntesis, un futuro desesperanzador.

Para enderezar el rumbo, el camino más claro está a la vista: celebrar elecciones y definir el presente para garantizar cambios y reformas en todos los ámbitos que se requieren a fin de que Venezuela vuelva tener ese lugar privilegiado que durante décadas ocupó, en medio incluso de dictaduras militares y de la opresión de élites financieras que mantenía el pueblo venezolano en la pobreza y la represión.

Por eso, ni duda cabe de que la llamada Asamblea Constituyente que se eligió el domingo pasado en una supuestamente arrasadora votación –fruto de unos comicios en extremo cuestionados dentro y fuera de Venezuela– está muy lejos de ser una solución y más cerca de la provocación. Así se había demostrado ya en la multitudinaria consulta que realizó con gran éxito la oposición el 17 de julio, cuando más de la mitad de los venezolanos acudieron a las urnas para manifestar su rechazo a la Asamblea Constituyente de Maduro que desplazará, así nada más, a los legisladores electos democráticamente en 2015.

La situación es delicada y riesgosa, pues por un lado se encuentra un grupo en el poder que no abre las compuertas a pesar de la intensa presión que vive el país día con día. Por otra parte, está la sociedad venezolana, que a su vez se muestra dividida, polarizada. Ahí están los incondicionales del autoritario presidente, que son capaces de recurrir a la violencia irracional ante la falta de argumentos. Y está, también, la ciudadanía opositora que pese a la cruenta represión continúa de pie, aunque al parecer no puede ya lograr algo más frente a las armas desenvainadas del gobierno, que arremete contra todo aquel que quiera cambiar su proyecto, por más descabellado y nefasto que éste sea.

Por eso, es fundamental repavimentar los caminos de la negociación. Y si todavía no es posible que los venezolanos se reconcilien, al menos que establezcan en el corto plazo una serie de compromisos que les permitan seguir adelante. Que sea, pues, el voto de cada ciudadano el que defina hacia dónde debe orientarse la marcha del país.

Hacemos votos porque se alcance algún acuerdo que permita aminorar la violencia y encauce a ese hermano país hacia una solución de este grave conflicto. Porque Venezuela, sin duda, merece un destino mejor.

 

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