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Solemos quedar convencidos, cuando nos concedemos el tiempo suficiente para pensarlo con claridad: vivir desde la coherencia con nuestros valores profundos resulta de vital importancia para nuestra autoimagen y autoestima, en todos los ámbitos de la vida. Pero algo muy distinto es hacerlo. Se encuentra muy difundido el autoengaño de que quien miente y estafa es más listo que los demás, especialmente si nadie lo descubre o no pueden probarlo. En México me dijeron que existe un dicho: Quien no tranza, no avanza. No suele haber en ello, normalmente, ningún acto voluntario de traición o maldad. Es muy frecuente desconocer el proceso adecuado para llevar a cabo la coherencia e integridad; comprobar que se está logrando suficientemente. En el mejor de los casos, podemos haber recibido una serie de consignas morales provenientes del entorno social y la formación religiosa. Nos enseñaron que la clave se encuentra en la voz de la conciencia. Pero en ello tiende a haber una gran influencia subjetiva, con autojustificaciones o autoengaños implícitos. Como consecuencia, llegaremos a desarrollar ciertos sentimientos de culpa, si nos hemos dado cuenta de haber caído en procesos de autotraición o pecado. Y lo bueno es que muchos aprendieron a lavar éstos con la confesión o el alcohol; en ciertos casos, con una adecuada combinación de ambos. Aunque, por supuesto, quienes mejor viven son las personas ignorantes que ni siquiera llegan a darse cuenta de que traicionan sus propios valores o los cambiaron por los más convenientes para una supervivencia acomodada. En los últimos tiempos, lavar, reorientar y recomponer la concencia se reconoce como un síntoma eficazmente inteligente de superar las propias limitaciones.
El camino que nos toca recorrer ahora no es el de preguntarnos en qué han fallado los sistemas anteriores. No hubo errores; no hay nada que corregir. Se trata tan sólo de seguir avanzando. El siguiente paso en esta esfera compleja de la integridad humana, junto con muchos otros que puedan darse simultáneamente, consistirá en incorporar una metodología científica adecuada al campo de las emociones, los sentimientos y los valores. Estos últimos han sido dirigidos desde visiones y sentimientos, desde dogmas, que no se podían cuestionar o no había posibilidad de hacerlo, hasta que se alcanzó la orilla opuesta de la sospecha, la incredulidad y el nihilismo acomodaticio. Lo que nos toca, desde el respeto y la puesta en valor de las aportaciones anteriores, es desarrollar nuevos elementos metodológicos en forma constructiva.

Dr. Juan Antonio López Benedí

www.institutoev.com

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