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“Vuelvo a Castellanos como se vuelve a tomar aire a la tierra en que nacimos: para recuperar certezas, para quitarle telarañas a la lengua, para recordar que algún día aprendimos a irnos con una mezcla de dolor y fortaleza”. Foto: Secretaría de Cultura

Los adioses

Quisimos aprender la despedida

y rompimos la alianza

que juntaba al amigo con la amiga.

Y alzamos la distancia

entre las amistades divididas.

Para aprender a irnos, caminamos.

Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,

los verdeantes prados.

miramos su hermosura

pero no nos quedamos.

 

“Para aprender a irnos, caminamos”, escribió Rosario Castellanos en “Los adioses”, un poema del dolor, como tantos de ella, pero también de decisión, de fortaleza. “Para aprender a irnos”. Quizás porque hay que aprender a irse para que no se desgarre el alma cuando debamos hacerlo. “Quién sabe al decir esa palabra —adiós— cuánta separación nos aguarda”, había escrito otro poeta, Osip Mandelstam. Y es ese adiós, intuido pero pospuesto, ansiado y temido a un tiempo, el que tiñe los versos más íntimos de la poeta chiapaneca.

Vuelvo a Castellanos como se vuelve a tomar aire a la tierra en que nacimos: para recuperar certezas, para quitarle telarañas a la lengua, para recordar que algún día aprendimos a irnos con una mezcla de dolor y fortaleza. Vuelvo, por ejemplo, a las páginas entrañables, sabias y crueles de Balún Canán, una de las novelas de la historia de nuestra literatura en que más claramente el protagonista es el poder -poder del blanco sobre el indio, del hombre sobre la mujer- y la cauda de dolor e injusticia que deja a su paso. En esa primera novela están ya los elementos que caracterizarán toda su obra, aquellos que vio y vivió en carne propia en su natal Chiapas: las brutales desigualdades sociales, la violencia de los poderosos, la memoria arrebatada a los indios, la opresión de las mujeres vivida en todas las clases sociales. A partir de aquí se habla de las dos líneas fundamentales de su escritura, aunque sepamos que ambas se cruzan de manera frecuente; una vinculada a la problemática indígena con obras como Ciudad real y Oficio de tinieblas, entre otras, y la segunda más centrada en las mujeres, como en Álbum de familia o en Los convidados de agosto.

Vuelvo, decía, a Castellanos como se vuelve a la casa de una amiga querida. Esta vez convocada por las imágenes de “Los adioses”, la película de Natalia Beristáin, estrenada en México hace pocos días. La joven cineasta crea aquí, como lo había hecho ya en su primer largometraje, No quiero dormir sola, un entramado sutil y sugerente de imágenes, palabras, gestos, colores, planos. La pregunta que da origen al film es la misma que se hizo Rosario Castellanos durante toda su vida, la que nos hemos hecho las mujeres a los largo de los siglos, la que aún hoy se hacen las más jóvenes (me sorprendió comprobarlo en una proyección-debate con chicas que no llegaban a los cuarenta años): ¿cómo ser mujer de otra manera que aquella que la sociedad nos impone? O, dicho con los versos de “Meditación en el umbral”: ¿cómo crear “otro modo de ser humano y libre”?

No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Dice Beristáin, “estaba pasando un momento personal difícil que me llevaba a preguntarme sobre el ser mujer, sobre las relaciones de pareja, sobre la maternidad, cuando me topé con Rosario Castellanos. Algo había leído en la preparatoria, pero en ese momento no me significó demasiado. Entonces llegaron a mí las ‘Cartas a Ricardo’, y a partir de ellas me sumergí, con María Reneé Prudencio (guionista de la película), en la lectura de todos sus libros”. El feminismo de la autora de El eterno femenino y Mujer que sabe latín aparece en el film en tensión con la relación amorosa que vivió con Ricardo Guerra tal como se vislumbra a través de las más de setenta cartas que ella le escribió entre 1950 y 1967. Creando un discurso absolutamente intimista, la directora toma como eje esa relación, presentándola en dos momentos: el primer enamoramiento que se da a fines de 1949 cuando ambos son estudiantes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y los años de matrimonio. Estos dos periodos protagonizados por sendas parejas -Tessa Ía-Pedro de Tavira y Karina Gidi-Daniel Giménez Cacho, todos con excepcionales actuaciones. Sin duda el casting es uno de los grandes aciertos de la película- muestran la transformación que va del deleite, el descubrimiento de los cuerpos y las complicidades, al vínculo difícil, apasionado y al mismo tiempo torturado que los unió durante el resto de la vida.

Rosario tuvo claro desde muy joven que su deseo era convertirse en escritora y hacia allí dirigió su energía. Su propia experiencia en Chiapas, así como las lecturas que hiciera en la universidad la llevaron a cobrar conciencia muy tempranamente del lugar de opresión asignado a las mujeres por la sociedad. Temas como el sexismo, la situación de las mujeres en el ámbito laboral, la escasa presencia femenina en el mundo de la creación intelectual, la falta de reconocimiento al trabajo en el ámbito doméstico, recorren tanto su obra ensayística (podemos mencionar Sobre cultura femenina y Mujer que sabe latín…, entre otras) como poética y narrativa, con una escritura que va del análisis histórico y filosófico a la ironía más implacable. Baste recordar su genial cuenta –citado también en la película- “Lección de cocina”. Lectora de Simone de Beauvoir y de Betty Friedan, fue la primera pensadora mexicana en articular una reflexión filosófica feminista que aún hoy resulta fundamental como punto de partida para analizar la situación de la mujer.

El compromiso total con la creación y el pensamiento que la llevaba a estar sentada escribiendo durante horas y horas, y a publicar casi veinte libros durante su vida, aparece en la película como uno de los principales motivos de conflicto con Ricardo Guerra. En “Los adioses” se hace énfasis en el modo en que él se sentía desplazado por esta pasión de Rosario que, por otra parte, ponía en evidencia su menor disciplina y productividad en términos de escritura. La escena en que le rompe la máquina de escribir es tal vez una de las más indignantes y dolorosas del film. De a poco las infidelidades y el alcohol fueron minando la relación. A pesar del dolor y la tristeza, ella siguió creando, defendiendo su derecho al trabajo, a la libertad, a buscar nuevos caminos para ser madre (su hijo Gabriel nació en 1961), para ser intelectual, para ser profesora, para ser compañera del hombre amado.

Se separaron después de trece años de matrimonio. En 1971 fue nombrada Embajadora de México en Israel. La poeta que había nacido en 1925 murió en Tel Aviv en 1974, antes de cumplir los cincuenta años. Había escrito en su poema “Amor”:

(…) El que se va se lleva su memoria,

Su modo de ser río, de ser aire,

De ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene

Y lo reduce a voz, a piel, a superficie

Ofrecida, entregada, mientras dentro de sí

La oculta soledad aguarda y tiembla.

Contra esa oculta soledad que la amenazaba desde pequeña –cuando la muerte de su hermano la volvió “invisible” ante los ojos de sus padres- vivió y escribió Rosario Castellanos. Hoy sus palabras vuelven no sólo para decirnos que queda mucho, muchísimo por hacer en este México nuestro tan herido, sino para acompañar a las y los más jóvenes en el descubrimiento de su propio modo “de ser humano y libre”.



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