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Como es bien sabido, se registra hoy día una oleada de discriminación en Estados Unidos contra los inmigrantes, la cual se inició a partir de la toma de posesión de Donald Trump, como ya se veía venir desde su campaña como aspirante la Presidencia de esa nación. Y si bien no debemos perder de vista que en otros puntos del planeta –sobre todo en Europa– han proliferado diversos grupos racistas y xenófobos con campañas nefastas y peligrosas, tenemos que reconocer que en la actualidad el centro mundial de la intolerancia y la promoción del odio hacia los demás es el Estados Unidos de Trump.

El mandatario estadounidense no pierde oportunidad de manifestar sus prejuicios y obsesiones nacionalistas. En esa dinámica, ha prometido expulsar durante el presente año a tres millones de inmigrantes ilegales, cifra que superará los dos y medio millones que repatrió Barack Obama a lo largo de los ocho años de su gobierno, con lo que se había convertido en el presidente de ese país durante cuya gestión hubo mayor número de deportados. Aun así, la postura entre uno y otro mandatario es muy diferente, pues Obama enfrentó enormes presiones que lo condujeron tomar esas medidas contra los migrantes, en tanto que en el caso de Trump la xenofobia es uno de los ejes de su propuesta de gobierno. Y vaya que el señor está decidido a mantener sus promesas de campaña para corresponder al voto que obtuvo de sus paisanos blancos conservadores, con lo que ha dado rienda suelta a su racismo y frenético rencor frente a quienes son diferentes, incluidos los que ya cuentan con la nacionalidad estadounidense.

En sus afiebrados discursos no han faltado la mentira y la manipulación, pues insiste en asegurar que todos los inmigrantes ilegales son pandilleros y criminales, o incluso terroristas, en el caso de los musulmanes, cuando fácilmente puede demostrarse que por lo general es todo lo contrario. En efecto, si hablamos de los mexicanos en Estados Unidos tenemos que reconocer que en su gran mayoría son ejemplo de honestidad, trabajo, esfuerzo y superación, y que por ello su contribución al desarrollo económico de ese país ha sido significativa. Algo similar puede decirse de otras comunidades de procedencia extranjera.

El empresario-presidente tuvo en estos días la ocurrencia de decir que podría aceptar inmigrantes en algún momento, pero que para ello se basaría en criterios propios de la meritocracia. Esta es también una mentira que se cae por su propio peso, ya que muchos mexicanos e individuos provenientes de otros países han demostrado a través de los años elevados méritos profesionales y académicos. Y no hablemos de los llamados dreamers, hijos de mexicanos que llegaron a corta edad a ese país, donde han crecido y han desarrollado su vida académica, y en buena parte han tenido una brillante trayectoria universitaria y profesional.

Ante esta situación de desequilibrio y amenaza para millones de compatriotas que viven y trabajan en Estados Unidos, urge que el gobierno mexicano intensifique sus acciones de apoyo jurídico, diplomático y político para defenderlos, a fin de reivindicar sus derechos dentro y fuera de nuestras fronteras.

Porque no podemos seguir tan tranquilos, enterándonos día a día de deportaciones, agresiones indebidas, hostilidad improcedente. No podemos ignorar esos abusos y responderles con silencios que se vuelven cómplices de atrocidades en el ámbito de los derechos humanos.

Además de esa elemental postura de dignidad, México debería buscar alianzas con otros países afectados –por supuesto los de Latinoamérica, pero también algunos de Asia– a fin de poner en marcha una ofensiva común en los organismos internacionales para la defensa de los derechos humanos y en contra de los abusos y arbitrariedades promovidos por el presidente Trump. Las autoridades mexicanas harían bien, asimismo, en establecer vínculos con asociaciones y comunidades en Estados Unidos, se trate de afroamericanos, latinos, orientales, e incluso con la comunidad judía, tan poderosa en esa nación. No debemos pasar por alto que las maquinaciones de Donald Trump y sus motivaciones ideológicas son similares a las que aplicaron los nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial.

Estamos obligados a permanecer unidos en lo que ahora ya es una comunidad global para detener esa política de retroceso que quiere trasladarnos hacia la barbarie. Urge un frente común que sirva de barrera para la conducta demencial de quienes detentan el poder en esa gran nación, aún la más poderosa del mundo. Un poder y una grandeza a los que, por cierto, han contribuido los migrantes, quienes han aportado su esfuerzo, compromiso, imaginación, creatividad, experiencia, trabajo y plusvalía a raudales.

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