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Dados los índices de estrés y ansiedad en los que normalmente vivimos, deberíamos añorar el silencio como forma de descanso y medicina anímica. En ciertos casos es así. Pero una gran mayoría de personas temen el silencio. Cuando se encuentran solas vuelven a envolverse en ruidos: música, radio y televisión. Y un elevado porcentaje no lo hace para deleitarse con las melodías o mantenerse informados, que sería lo natural. Lo hacen simplemente para escapar del silencio. Porque el ruido se convirtió también para ellas en una especie de droga, a la que se encuentran enganchadas.
Cuando es ese el caso, debe prestarse mucha atención. La necesidad de huir del silencio es un síntoma de ciertos procesos de ansiedad y vacío existencial. El silencio nos permite escucharnos más a nosotros mismos, “habitarnos”. Si tenemos dificultades en ese aspecto quiere decir que, en alguna medida, nos estamos rechazando a nosotros mismos o tenemos miedo de mirar algún asunto pendiente. Sin embargo, como ya deberíamos saber, la huída o la negación de los problemas no los solucionan. Cuando esto es así, se reducen inmediatamente nuestras “cotizaciones” en la bolsa de la vida; valemos menos ante nuestros propios ojos. En esto consiste la baja autoestima. Es como si nos autoacusáramos constantemente de “cobardes” y nos condenáramos a algún tipo de autocastigo, directo o indirecto, que algunos atribuyen a Dios o a la mala suerte.
Cuando gestionamos adecuadamente nuestro íntimo sentido de valor, cuando nos sentimos valiosos, el silencio no es un problema; muy al contrario. El valor del silencio se encuentra cuando nuestro “brillo interno” permite iluminar las fuentes de nuestra creatividad, nuestro gozo y felicidad profunda. Esta es la vía que en todas las religiones, de una u otra forma, aparece como referencia de liberación, iluminación o Cielo interno. Así se adquiere la vivencia de la coherencia y satisfacción plena. Muchas personas se han referido a tal estado a lo largo de la historia de la humanidad y fueron consideradas santas. Pero todos podemos gozar de esos pequeños o grandes gozos místicos; todos podemos visitar el Paraíso. No hace falta ser continuamente perfectos. Sería suficiente con aprender a disfrutar del silencio y descubrir la música sonriente que nos ofrece en todo momento. Si por ahora no podemos hacerlo, tampoco es necesario sentirnos culpables de nada. Sólo necesitamos a descubrir el camino y despejar las nubes de nuestras autocondenas o sospechas de culpabilidad.
Descubrirás el valor del silencio cuando pongas en orden tus estructuras internas y externas; en estado de coherencia. El Paraíso te espera en tu interior, sea cual sea tu circunstancia exterior. Cuando te das cuenta de eso, comienzas a ser libre. La Educación en Valores debería llevarte a eso. Si hasta ahora no lo habías conseguido, este es un buen momento para comenzar. Tú eres una persona valiosa. Concédete valor. Si quieres comprobarlo, podemos ayudarte. Te mereces vivir desde tu mejor versión.

Dr. Juan Antonio López Benedí
Escríbenos: informacion@institutoev.com

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