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Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. En una época en la que la productividad pareciera darle sentido a nuestras vidas, se nos ha olvidado y hasta me atrevería a decir que hemos desarrollado una fobia a decir “NO”.  Ya sea por temor a parecer débiles, incapaces o hasta negativos. Sin embargo, esta pequeña palabra contiene la fuerza de un tornado y guarda en ella la magia creadora de un conjuro.

El “NO” es edificante

Si has estado cerca de niños chiquitos recordarás que una de las primeras palabras que aprenden a usar (no solo a decir) es “no”. Este sencillo fonema nos introduce al mundo como sujetos deseantes capaces de distinguir lo placentero de lo displacentero. Son dos letras que  determinan que algo suceda o no, que algo continúe o se detenga. Es la primera forma que tenemos de controlar nuestra realidad y nuestra primera experiencia frente a la elección.

Rechazo o deseo

Por lo general asociamos la palabra “no” con el rechazo. Por lo que es difícil de escuchar, más aún, de pronunciar. Nadie quiere ser “malo”. A veces perdemos de vista que la otra cara de la moneda es que “no” también es una expresión de deseo que al acotar opciones o caminos, al mismo tiempo abre otros que podrían ser mejores. Pero también hay algo que da mucho miedo respecto a esta cara del fonema maldito: representa la incertidumbre de seguir explorando.

Poner límites

Hace poco leí que evitar el “no” es tan peligroso como tener un carro que va a 1000 por hora, sin frenos. En efecto decir “no” es un freno, pone los límites de lo tolerable, de lo que estamos dispuestos a hacer y traza el punto hasta dónde permitiremos que los otros intervengan en nuestras decisiones. Paradójicamente el “no” contiene y nos ayuda a movernos en aguas quietas donde podemos aprender a nadar sin ahogarnos. Es una forma de comunicarle a los demás cuáles son las reglas del juego que estamos dispuestos a jugar y qué límites no puede cruzar.

Conocer tus límites

Vivimos en la ilusión de que no hay límites. “Tú puedes ser quien quieras mientras te lo propongas”. Muchos de aquellos que lo han intentado podrán constatar que no es cierto.

Puedes ser la mejor versión de ti mismo, pero no puedes serlo todo ni todo el tiempo. Los seres humanos somos finitos, imperfectos y tenemos límites. Mientras antes conozcamos y aceptemos cuáles son, más rápido podremos expandirlos y redefinirlos. Ésta es la principal función del “no”: La posibilidad que ofrece de autoconocimiento. Este “no” bien puesto nos puede salvar la vida y muchas veces no viene de la razón. Viene del cuerpo y se manifiesta como intuición. Es un “no” que afirma la vida y nos cuida de llegar hasta el punto del no retorno.

Al “no” hay que cuidarlo y quererlo bien, escucharlo cuándo tiene algo que decir y aprender a negociar con él porque muchas veces hay más verdad en un “no” contundente que en una danza compulsiva de “sís” falsos. La próxima vez que te encuentres en una encrucijada y tengas que tomar una decisión, recuerda que el “no” también es una opción que abre puertas y ofrece nuevas oportunidades.  

Esta entrada se publicó originalmente en Dalia Empower

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