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En un entorno de grandes pérdidas, enfermedad, confinamiento…no es raro que la violencia se desate como una manifestación de la impotencia, de la frustración que va llenando nuestro interior y que, como una olla express, sale disparada a través de insultos, ofensas o golpes a quienes tenemos más cerca, es decir, padres, hijos, hermanos o pareja.

La paz no es sólo la ausencia de guerra, es un estado de bienestar que nos une a otros seres humanos y a los demás elementos del universo.

Hoy platicaba con mis alumnas sobre el porqué los padres o madres golpean a sus hijos, y surgieron explicaciones tan interesantes como: por costumbre, por la incapacidad de romper paradigmas, por ignorancia, porque son los depositarios de los conflictos de la pareja, porque se confunde la violencia con la demanda de respeto. Nada más lejos de la solución a esas emociones negativas, que la expresión de la violencia en cualquiera de sus formas. La violencia engendra violencia y no se puede pretender la paz cuando hay una guerra en nuestro interior.

La paz inicia desde cada individuo, desde la búsqueda del estar bien con lo que se es, se piensa y se siente; hay que librar las batallas internas para amarnos más y aceptarnos de todo corazón, así sabremos lo que se siente y podremos aspirar a promover la paz entre los nuestros. Si en cada familia se fomentara la paz, la solución razonada y honesta de los problemas y desafíos, los hijos aprenderían que hay otra forma de entender la vida.

En su Manual de Paz y Conflictos, Francisco Muñoz, habla de re-conocer la paz en las cosas simples de la vida, tales como el saludo de un amigo, el beso de una madre, el abrazo de un hermano…que finalmente son manifestaciones de amor, la herramienta más importante de la paz. Este amor que va creciendo como espuma para permear a todo el barrio, a la colonia, a la región, a la nación y al mundo. ¿Utopía?, no necesariamente. Basta con ver al filántropo, o los esfuerzos de las organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro, a los líderes destacados de la historia como Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela o la Madre Teresa de Calcuta, fuentes vivientes de amor y de promoción de la paz para alcanzar un estado de justicia social que, hasta ahora, es imperfecta. Pero no debemos cesar en este esfuerzo ya que significa la subsistencia de la especie humana en el planeta.

Los conflictos seguirán existiendo porque son experiencias de aprendizaje; de ellos aprendemos el arte de la negociación, gracias a ellos maduramos y también mejoramos cuando su enfoque es constructivo. El conflicto no se elimina, se gestiona. La imposición de voluntades acarrea resentimientos y deseos de venganza; por eso es primordial recibir al conflicto como una oportunidad para crecer. Requerimos del diálogo abierto, franco y respetuoso, como un ancla para que el barco se mantenga en buen puerto.

Paz es sinónimo de calidad de vida por lo que han surgido múltiples vertientes para analizarla y llegar a ella: los estudios sobre derechos humanos, la creación de organizaciones contra la violencia, la firma de tratados internacionales, la educación para la paz, entre otras.

Pero ¿Cómo alcanzar la paz interior? Hay muchas estrategias que estaremos revisando en este espacio, en un afán de despertar la creatividad para que cada uno genere su fórmula personal hacia un estado de tal bienestar, que ya no se querrá salir de él, jamás.

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