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El otro día escuché la frase que pongo en el título de este artículo, y me puse a pensar qué ocurriría realmente si nunca llegáramos a morir. Al final, no pude más que aceptar la enorme verdad que encierra la frase. La muerte es lo que le da sentido a nuestra vida.

La primera idea que me vino al pensamiento fue la película “El día de la marmota”, donde Bill Murray interpreta a un meteorólogo arrogante atrapado en un bucle temporal. En un pequeño pueblo de Pensilvania, cada mañana amanece en el mismo día, teniendo la oportunidad de revivir las mismas experiencias. En base a las distintas formas de afrontar cada situación que le permite el hecho de repetir y repetir sin fin, se da cuenta de que la mayor satisfacción la obtiene en base a dar amor a los demás. Una vez alcanzada esa comprensión, el bucle temporal llega a su fin.

Si nunca muriéramos, algo similar nos ocurriría. Quizás no repitiendo exactamente las mismas situaciones con las mismas personas, pero sí encontrando oportunidades sin fin para repetir experiencias. Pero, ¿qué sentido tendría eso?

 

En estos tiempos en los que la ciencia ya anuncia que tiene desarrollado un químico para evitar el envejecimiento, y por tanto buena parte de las muertes naturales, piensa por un momento en qué ocurriría si nadie muriese.

 

Parece lógico que en una situación en la que nadie muriera, tampoco nadie nacería, ya que si cada vez llegasen más personas a este planeta, sin que otras se fuesen, en poco tiempo la sobrepoblación haría inviable la vida en la Tierra. Esto significa que la muerte de unos permite que otros nazcan.

 

Por otro lado, repetir y repetir experiencias sin fin, sabiendo que nunca habrá un final, lo más normal es que nos llevase a un estado de renuncia o de pérdida de motivación.

 

Si el único sentido fuese el vivir cada instante, sabiendo que tenemos un saldo ilimitado de instantes, generaría un empacho difícil de digerir. Para entenderlo piensa en lo que nos ocurre cuando consumimos algo que nos encanta. En mi caso, me encanta el chocolate. Una pequeña porción de chocolate es maravillosa, lo degusto y me quedo con ganas de más. Si me como dos trozos más, todavía lo sigo degustando, pero cada vez me cuesta más saborearlo. Si me viese forzado a comer dos tabletas enteras de chocolate, te aseguro que acabaría aborreciendo el chocolate y no volviéndolo a probar en mucho tiempo. Algo similar podría sucedernos de tener una sobredosis de tiempo de vida.

 

Por otro lado, hay muchas personas que viven una vida “de mierda”, que lo pasan mal día sí y día también, y que no saben cómo salir del pozo en el que se encuentran. Otras simplemente viven en una especie de montaña rusa, subiendo y bajando emocionalmente con escaso control de su vida. El no saber cómo cambiar o controlar su vida lleva a muchas de estas personas a tener escasa motivación por vivir, y algunas a desear que llegue el fin de sus días. Imagina cuál sería su perspectiva ante el panorama de una vida sin fin.

 

Si no morir significase no envejecer, ¿cómo llegaríamos a esta vida? Simplemente sería imposible en base a los parámetros que conocemos. Y si por el contrario continuásemos envejeciendo continuamente sin fin, iríamos perdiendo capacidades y calidad de vida… O no…

 

Lo cierto es que la vida tal como la entendemos, únicamente puede existir si existe un final. Ya sea la muerte un punto y seguido, un punto y aparte, o un punto final, realmente es la muerte la que le da sentido a la vida.

 

Ricardo Eiriz

Creador del Método Integra®

Autor y conferenciante.

Embajador de la Paz y la Buena Voluntad de San Cristóbal de las Casas (Chiapas, México) ante la UNESCO.

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