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El maltrato psicológico es muy frecuente en las relaciones humanas. Nos maltratamos psicológicamente a nosotros mismos y a los demás, muchas veces sin darnos cuenta. Nos maltratamos física y moralmente, desde la torpeza, la ignorancia y los complejos de inferioridad.

La agresión física es una estrategia de dominio. La llevamos en nuestra herencia genética de simios y carnívoros, así como de guerreros humanos, especializados en las artes de la ofensiva militar, en procesos claramente diferenciados del mundo animal. Este tipo de agresión sigue la ley del más fuerte.

La agresión psicológica es otra estrategia de dominio, propia de los seres humanos; una herramienta adaptativa. Se desarrolló desde la inseguridad, el miedo y el sentimiento de inferioridad, generado frente a las especialidades biológicas del resto de los animales. El propósito de la agresión psicológica es minar la fuerza de la parte contraria, a través de diferentes estrategias gestuales, sonoras e imaginativas, que generan ciertos procesos de inducción, hacia la alteración de la conciencia, y la transformación de las emociones o impulsos agresivos del enemigo.

El maltrato vinculado con el humor se corresponde con agresiones psicológicas, que pueden llegar a convertirse en agresiones físicas. Se encuentra mucho más desarrollado, en nuestra sociedad, que el maltrato físico y resulta más difícil de percibir y contrarrestar. El maltrato psicológico, en general, tiende a comenzar desde ciertos ámbitos ambiguos del humor y el juego. Alcanza su punto culminante en la adolescencia y desde entonces debería suavizarse hasta extinguirse. Pero en muchos casos, por las dificultades propias y no resueltas de tal etapa evolutiva, se instala como pauta de dominio y autovaloración patológica. Sus primeras fases aparecen como humor reactivo, vengativo, sutil y traicionero, desde la frustración, la inseguridad propia y la falta de autoestima que prefiere la humillación de los demás al esfuerzo propio de crecimiento y maduración.

Se puede comprobar la presencia del maltrato psicológico en el ámbito cultural, instalado socialmente y como reforzador de las conductas personales, a través de los chistes. Bajo la influencia de la mayor parte de ellos aprendemos a convertirnos en maltratadores psicológicos y encontramos justificación y aval para tal conducta. Llega a ser una forma de socialización o identificación con el grupo.

También hay otras formas irónicas o sutilezas del lenguaje, que sin ser chistes se asocian con el humor agresivo, es decir, con el reírse de las personas. Pueden verse ejemplos de esto relacionados con la violencia de género.

En estas expresiones cuenta el matiz que ponemos en ellas, desde los tonos de la voz y los gestos.

El humor y la risa conllevan un componente de maltrato y agresión psicológica al generarse desde estados emocionales de ira, frustración, odio, rencor y venganza. Éstos pueden encontrarse más o menos encubiertos por sutilezas, ironías o sarcasmos.
Pero también la risa y la sonrisa pueden desarrollarse como gestos de sumisión o apaciguamiento de la violencia. Y aquí se abre la puerta al trabajo personal, la imaginación y la expresión corporal, como fórmulas de ajuste en las relaciones, propias y ajenas, así como en la comunicación en general.

El siguiente paso consistirá en la transmisión de emociones positivas como el cariño, la confianza, la ternura, la dulzura, la simpatía, la autoestima y el amor.

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