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Escribí esto mientras los medios de comunicación informaron que “Roma” está nominada a 10 premios Oscar y, entre ellos, el reconocimiento a la mejor actriz, Yalitza Aparicio, quien, ya lo advirtió el director, Alfonso Cuarón, es la primera vez en la historia del cine que una mujer de origen indígena recibe una nominación de este calibre.

 

Desde que la cinta comenzó a difundirse, en la segunda quincena de noviembre, expertos y cinéfilos empedernidos han expuesto su opinión sobre esta propuesta cinematográfica, por lo que yo sólo anoto que se trata de un homenaje al cine, en particular el italiano, y que en esa apuesta, y tomando como base que también es un espejo semibiográfico de su director, las estampas costumbristas son las que tienen más relieve, en particular, algunas heridas que en la historia de México persisten: las marcadas diferencias sociales, el machismo acendrado y, en particular, la discriminación contra las trabajadoras domésticas, enfocado en Cleo a quien Yalitza Aparicio dá vida.

 

Algunos motes expandidos durante los setentas para asignar al trabajo en casa eran “Criada” (hasta un programa de televisión hubo y, con ello, se extendía el adjetivo) hasta “Chachas” o “Gatas”, para aludir a una labor que, sobre todo, desempeñaban mujeres y menores de edad provenientes de algunos de los estados más pobres del país: Tabasco, Chiapas, Hidalgo, Oaxaca y Estado de México. “¡No ma...!”, exclamó Yalitza Aparicio al enterarse de su nominación junto a otras grandes actrices de la talla de Glenn Close lo cual implica un logro formidable, y además del orgullo que esto nos podría dar (yo me siento muy orgullosa) vale la pena preguntarnos si la modificación de aquellos motes que he mencionado significa también mejoras en la situación de las trabajadoras domésticas. Mucho me temo que no.

 

El cine es, entre muchas otras cosas, expresión de una historia que fue y que seguirá siendo mientras es, la estampa costumbrista en este caso, de un país lacerado por la desigualdad y la discriminación. Y de todo ello Cuarón hace arte porque Roma no es denuncia sino espejo en el que podemos vernos, escabullirnos o perdernos, vale decir, escondernos de ese pedazo de México que también somos. También es una película oportuna debido a la conversación pública que, en nuestro país se ha planteado atender legalmente, y otorgar los derechos de seguridad social al desamparo en el que ahora trabajan cientos de miles de personas en las casas de otros. Seamos precisos: estamos hablando de 2.4 millones de trabajadoras sin derechos y que representan el 97.6% dado que sólo el 2.4% cuentan con ellos, es decir, son sujetas a la buena voluntad de sus patrones. (De acuerdo con cifras del INEGI, en México el 90% de las personas que trabajan en el hogar son mujeres.)

 

Esa es una virtud de Roma: nos permite focalizar una situación profundamente injusta: casi todas carecen de seguridad social, ya no digamos prestaciones; sólo el 17% tienen acceso al IMSS, 41% acude al centro de salud pública y el 21% paga atención en farmacias de precios populares. Para ellas es imposible jubilarse o pensionarse; trabajan hasta que el cuerpo deja de responderles y dependen de la voluntad de sus empleadores.

 

Es deseable que los legisladores aprieten tuercas para atender esta radiografía social que no sólo implica esos números sino que alude a que entre los grupos sociales más discriminados se encuentran los indígenas –hombres y mujeres que, en su actividad laboral cualquiera que esta sea, son quienes menos remuneración reciben-- y, entonces, también comprenden una actitud cultural de menosprecio por el otro de quien, además, sacan provecho. Roma exhibe esa doble moral cuando, por ejemplo, en juego de símbolos que también es el cine, Cleo se sienta a disfrutar la televisión con su familia y no pasan diez segundos para que “la señora” le pida que atienda al niño; o cuando ella, sí, “la sirvienta”, recibe la gratitud de la familia porque salvó a los niños de morir ahogados en la playa y, enseguida, recibe la orden de preparar la cena para la familia.

 

Hay que festejar a Roma y creo que parte de ese festejo nos implica mirar a las millones de Cleo, muchas de ellas que, quizá, no saben ni siquiera que existe esa película y que muchos en su nombre la están festejando con esa doble moral tan típica que también es nuestra. 

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