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La maternidad despierta o agudiza un sentimiento especial, inexplicable. Es una resonancia que nace desde las entrañas mismas de una mujer y que puede notar el padre, el compañero de ese momento mágico que supone engendrar una vida, cuando es mínimamente empático o se siente desplazado en su foco de atención amorosa. Ese impulso entrañable está relacionado con la ternura. Es un sentimiento en el que el afecto, el cariño y la amabilidad despiertan con un brillo nuevo. Los niños y niñas muy pequeños, así como los cachorros de los animales, suelen despertarnos o estimularnos, de forma natural, esa forma de sentir. Es posible que ocurra porque los vemos indefensos. A veces se desprecia o incluso se teme la ternura como una conducta propia de personalidades débiles. Pero en la maternidad, cuando ésta no se ha visto oscurecida por la sombra de la depresión post-parto, genera fortaleza. Tratar con ternura a los demás suele requerir de una gran seguridad personal y esa seguridad emana, tal vez genéticamente, cuando una mujer se convierte en madre, en condiciones normales de salud .
En las relaciones de pareja a veces ocurre que lo que parecía amor y gozo se convierte en un infierno. Como contraste, dejarse caer en los brazos de una madre en los momentos difíciles, especialmente en ellos, puede tener el efecto de un bálsamo redentor, debido a esa incondicionalidad de la entrañable ternura maternal; ese amor silencioso que florece llenando el pecho de ternura.
Llegados a este punto, cabría preguntarse si un hombre, como es mi caso, estaría realmente capacitado o autorizado moralmente para hablar de un sentimiento, de un impulso, tan propiamente de la mujer que ha pasado por esa experiencia. Porque ni siquiera las mujeres que no han sido madres llegan normalmente a vivirlo de verdad. Pero lo cierto es que, al margen de mis estudios en profundidad sobre la naturaleza humana, específicamente en el ámbito de los valores, los sentimientos y las emociones, después de haber escuchado a cientos y cientos de mujeres para ayudarles a recuperar la esperanza, una nueva luz en sus caminos, lo que más me avala es ser hijo, padre y protagonista de esa eclosión emocional cotidiana que acontece en una mujer cuando se convierte en madre. En ese proceso he tenido la suerte finalmente, de experimentar el desplazamiento afectivo, la competitividad, los conflictos de intereses que me hireron y obligaron a renacer; renacer a la ternura sanadora después de múltiples combates. Renacer y poder abrir completamente los ojos del corazón a esa experiencia inefable de la maternidad, que algunas mujeres experiementan en diferentes fases también sin comprender a veces lo que ocurre. Esa grandeza entrañable de la maternidada.
Dedico por ello este tributo a las madres, desde un postulado al modo matemático que nos permita acercarnos a entender racionalmente el valor de la maternidad entrañable: Experimenta las heridas del desamor, súmale el renacimiento desde la ternura empática y multiplícalo por cien. Así podrás llegar a calcular, con un desestimable margen de error, el sentimiento de ternura protectora, entrañable, que experimenta una madre.

Dr. Juan Antonio López Benedí

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