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CON TINTA ROSA

“EL CUADRADO”

Cierro mis ojos y aún puedo percibir su clásico aroma. Él, de  porte elegante, con su vestimenta debidamente  planchada, y sus zapatos  recién lustrados que brillaban de limpio; ya listo, para trasladarse a su trabajo  nunca olvidaba su reloj de bolsillo; impecable y muy bien parecido. Un hombre responsable,  trabajador, gran parte de su vida entregada a dirigir aquel gigante de fierro, el tren; donde realizaba viajes diarios y prolongados hasta la frontera en el norte; y hacia estados colindantes en el sur. Que añoranza nos provoca recordar  en aquellos tiempos, el ferrocarril, aquella empresa  que dio sustento a miles de familias, de ahí el nombre de la ciudad  de Empalme, “la unión de dos vías”, viviendo en  una incomparable economía en aquel entonces; desde el vendedor ambulante, hasta las grandes cooperativas. Como olvidar cuando  “el llamador” llegaba a  casa anunciando la hora de salida de su próximo viaje, aunque estuviera cansado, en ocasiones ni siquiera había desempacado su maleta,  siempre firme en cubrir a algún compañero que por enfermedad no podía laborar, nunca una negativa. “El llamador” lanzaba el singular grito,  y a viva voz se escuchaba: ¡cuadrado¡  a las quince horas, a lo cual contestaba sin titubear “listo, estaré puntual”. El cuadrado, como lo conocían en el mundo de los ferrocarrileros haciendo alusión a su aspecto corporal, de gran altura y fortaleza,  igual de grande era su corazón, un  hombre dedicado infinitamente a  velar por sus  hijos y nietos  para que en el hogar nunca faltara lo necesario. Al salir a algún viaje, alistaba su maleta de cuero y su bolsa bicolor, de corte  artesanal donde guardaba sus objetos personales; se le encaminaba a la estación, junto a el se  sentía  su mano rasposa que igualaba a las de una lija, gran muestra de un hombre de trabajo. Su casa a solo algunas cuadras lejana a la estación, permitía observar cuando el tren se ponía en marcha, se despedía a señas con su lámpara que cuidaba con aprecio, podía durar horas limpiándola o arreglándole algún desperfecto; además emitía  tres sonidos característicos y ensordecedores  en combinación del humo que emitía la lacomotora de numero 800, y que nos indicaba que iniciaba el viaje aumentando poco a poco  la velocidad. Cuando descansaba, aprovechaba el tiempo en paseos con los nietos, se engalanaba con su porte sinigual,  su sombrero que apenas dejaba ver su cabello platinado cubierto por las canas, sus lentes obscuros al estilo aviador, que le permitían cubrirse del intenso sol.  Acompañado de su dulcinea Doña Nieves; una gran mujer, de carácter fuerte pero con un corazón de oro, siempre esperándolo con un delicioso aroma, a raíz de sus manjares que preparaba; atención, ningún invitado se podía negar a un buen “plato de sopa con el caldo de la carne”; tampoco saldrías  de casa sin recibir la bendición, protección para las actividades que realizabas durante  el día; juntos lograron formar una gran familia; donde hubo infinidades de anécdotas, sin embargo varios recuerdos imborrables fueron cuando llegó la hora de su  jubilación, aun todavía fuerte pero de edad avanzada, deseaba sentirse útil y “arreglaba” lo que estaba mal, al final cuando volvía a armar, siempre le sobraban piezas, para lo cual a su dulcinea entre risas afirmaba, le sacaba canas de todos colores. Otro recuerdo inmemorable, existía fascinación observarlo en su silla favorita  entonando bellas melodías con una hoja de árbol simulando una armónica, deleitando a muchos, que fue imposible querer imitarlo, a la par que   alimentaba a sus compañeros fieles: sus mascotas, como integrantes mas de la familia,  además al pendiente del cuidado de sus árboles y plantas, que tenían la misma edad de sus hijos.  El fue Enrique Flores (5675) su numero de censo activo,   mi abuelo, al que cariñosamente le llamábamos “PAPACHIN” , que cuando le  compartí la noticia de mi  ingreso a la universidad,  sus ojos se llenaron de lágrimas y con un fuerte abrazo  susurrandome al oído me dijo “eso es todo hija”  un hombre que con su ejemplo, me motivó e inspiró a ser quien soy,  siempre manterenerse firme  y luchar por mis ideales, me enseñó que el estudio era lo mas importante para salir adelante, que el ser humilde no demerita, no te frena; que me decía que lo que me propusiera lo lograría siempre y cuando mostrara  empeño y dedicación, al que le debo la mejor herencia: sus recuerdos, su amor y  valores. Valores que deben predicarse, enseñarse y ejemplificarse en casa, como docente es claro nuestra participación, fortaleciéndolos en la escuela y procurando una sana convivencia, esa es la base de una educación integral, educando para la vida. Ojalá pudiera haberlo escrito antes, pero el lo sabía, conocía lo orgullosa que estaba de el, fue correspondido con el mismo amor,  querido lector;  lo anterior  es un homenaje a todos aquellos abuelos incansables que siguen con nosotros y para los que ya se fueron; “el cuadrado”, estará observando desde arriba sonriendo y lustrando sus zapatos ¡seguro¡. Chiokore (Gracias en lengua Yaqui)

 

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