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Alguien dijo cierta vez que “no hay dos personas que sean exactamente iguales”. Los seres humanos vienen en tallas diferentes y colores surtidos, con antecedentes, experiencias y gustos de todo tipo. A pesar de las cosas obviamente únicas en la personalidad, todos tenemos un denominador común… las emociones. Cada emoción que sofocamos, cada sentimiento que negamos produce la mutilación de una parte de nuestra vida, así como hay personas discapacitadas o afecciones físicas o mentales, las hay también discapacitadas o afectadas emocionalmente.

 

Las emociones son procesos energéticos que tienen la particularidad de comprometer y actuar sobre el propio cuerpo. Cada emoción posee un significado particular; existen para enseñar algo al sujeto que la siente y es por eso que el mundo emotivo puede ser concebido como un gran maestro de la vida, aquel que nos va indicando cosas que debemos modificar, lecciones que debemos aprender para acercarnos a un equilibrio mayor, a una armonía creciente y a una salud más plena.

 

Nuestra vida emocional es energía. Dicha energía emotiva busca expresarse por vías como la motricidad (acción), la timia (sentir), la palabra (decir) y la sublimación (crear). Cuando esto no se logra, esta energía retorna al cuerpo y en este la emoción sofocada grita entonces como síntoma.

 

El síntoma está en lugar de la emoción sofocada. Por ello, se dice que el asmático se ahoga porque no libera su angustia y la úlcera sangra porque no se deja salir el coraje.

La ayuda sanadora de los aromas contenidos en los aceites esenciales consiste en catalizar este efecto y liberarlo de su anclaje o atadura al síntoma sustantivo para permitirle, de ese modo, expresarse de manera sana.

 

Las emociones son reproducciones de situaciones de la vida de la persona, son los modos de mirar y organizar la realidad. Al cambiar el estado emotivo cambia la manera de ver y relacionarse con el mundo externo y también el modo como se mira a sí mismo. El estado emotivo es, pues, la manera de resignificar el tiempo y el espacio; el presente, el pasado y el futuro cobran valores diferentes según el estado emocional dominante. El tiempo corre de prisa cuando se está ansioso, en estado de felicidad o de exaltación y se hace lento en la tristeza, la pena y el aburrimiento. Del mismo modo ocurre con el espacio: en el amor, las distancias se acorta; la felicidad dilata el espacio; mientras la tristeza lo reduce y la desesperación lo torna vacío.

 

 

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