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Siguiendo con la observación de la importancia del apoyo mutuo y la valoración de cada persona, citaré a continuación un caso. A finales de los años ochenta del siglo pasado, fui invitado a dar una charla en un centro religioso-caritativo de Madrid, en el que recogían personas que dormían en las calles. Cuando hablé con el sacerdote que dirigía el centro, me dijo que era muy difícil motivar e incluso mantener la atención de esas personas durante más de 10 minutos. No obstante, acepté el reto. Aquellas personas, sin duda, necesitaban algo. Me pareció que, de alguna manera, habían perdido su condición humana, su dignidad y autoestima. Por otra parte, en aquella institución les ofrecían comida y cobijo procurando transmitirles los valores cristianos, con la idea de que pudieran redimirse a través de la fe, aprendieran algún oficio y se reintegraran a la sociedad. Pero todo parecía ser en vano. La mayor parte de ellos, los que se encontraban con menor deterioro mental, se escapaban para volver a las calles. Esta actitud resultaba incomprensible para el director del centro. Teniendo todo ello en cuenta, decidí presentarme acompañado por un hombre especial. Me lo habían presentado recientemente. Trabajaba como portero-conserje en un edificio madrileño, cuyos vecinos tenían un estatus socio-económico medio alto. Mi compañero de charla, al que llamaremos Arturo, no tenía estudios. No sabía ni leer ni escribir, pero en el barrio lo conocían por su condición de poeta. Había sufrido una gran variedad de enfermedades que lo llevaron unas catorce veces al quirófano, para ser operado de diferentes dolencias. Como consecuencia, le habían estirpado varios órganos internos y externos. Pero contaba con un humor admirable; era optimista por naturaleza y siempre encontraba motivos para la alegría, que compartía generosamente con quienes se acercaban a charlar con él en su tiempo libre. A la charla asistieron unas cien personas. Todas ellas habían sido rescatadas de las calles. Comencé por presentarme y presentar a mi compañero. Él les contó su caso, entre anécdotas humorísticas e incluso les dedicó una improvisación poética. Por mi parte, me centré en el sentido humano de su presencia en las calles y lo importantes que eran a la hora de transmitir miradas y sonrisas de ternura, entre multitudes normalmente estresadas. No les hablé en ningún momento de religión ni del más allá sino de su experiencia, emociones y sentimientos cotidianos, con ese "toque" de buen humor y optimismo que Arturo les había transmitido. El hecho es que, contra todo pronóstico, ninguno abandonó su asiento durante las dos horas que duró la charla y la final aplaudieron, con lágrimas en los ojos, llenos de gratitud. Al terminar, tuve ocasión de hablar con muchos de ellos que me contaron sus casos. Se acercaron a felicitarme porque les había "tocado el corazón". Algunos me explicaron brevemente su origen. Uno había sido maestro de primaria. Otro había sido actor. Otro más había tenido un pequeño negocio pero lo perdió todo porque, según él, su padre le había arrebatado a su familia, a su mujer y sus hijos. Provenía de otra ciudad pero lo habían descubierto y de nuevo le habían hecho perder su piso y cuanto poseía. Había casos sumamente extraños y peculiares. No tuve tiempo para profundizar en cada uno de ellos ni por supuesto verificar sus historias. Algunas sonaban tan inverosímiles que hacían pensar en una enfermedad mental. Pero yo no estaba allí para juzgar ni diagnosticar a nadie. Aquel colectivo de "vagabundos" se transformó en otro muy distinto, el de "personas con dificultades" a las que yo trataba de ayudar. Había una nueva resonancia que nos permitía conectar, identificarnos mutuamente como "seres humanos". Entonces comprendí que la mayor parte de las veces dejamos de ver a las personas para ver sólo "etiquetas" o prejuicios que, supuestamente, nos ayudan a dar sentido a la caótica realidad de nuestras percepciones complejas. Pero realmente, a través de ese procedimiento automático de nuestra mente, enmascaramos y ocultamos lo que queríamos conocer. El sacerdote no daba crédito a lo que había ocurrido y varias veces me dijo que no entendía por qué a mí me hacían caso y a él no; ni siquiera habían prestado atención a psicólogos que también habían intentado hablarles. ¿Dónde estaba la diferencia? Entiendo que se trataba de un punto sencillo: les hablé como a seres humanos valiosos, haciéndoles comprender y sentir, a través de la resonancia empática lograda, dónde estaba su importante potencial y aportación de cada día, en las calles, por su condición humana, por su capacidad de generar sueños e ilusiones; emociones vivas y perceptibles, aunque ninguna razón las avalara. Me pareció que ahí podía encontrarse una dificultad de la "caridad cristiana" mal entendida: ver a los "pobres" y no a las personas, a los seres humanos, detrás de la máscara de la pobreza.

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