Retos Femeninos

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         -¿Estás segura que Virginia los vio?- preguntó Ana Isabel entre sorprendida, escéptica, angustiada.

         -Me lo juró y hasta se santiguó cuando me lo dijo, señora- contestó Francisca, quien llevaba trabajando en esa casa más de cinco años.

         -No puede ser, el señor no puede hacer eso, y ella… ella mucho menos, no tiene esos alcances- temblando, la mujer del general levantó la voz sin poderse contener.

         -Señora, discúlpeme si soy indiscreta, ¿le ofrezco algo? La veo nerviosa.

            Esa noche, Ana Isabel sintió tanto miedo y desesperación, que temió perder definitivamente la poca estabilidad emocional que había logrado tras superar años de sufrimiento con su anterior marido. Era tan abrumador lo que estaba pasando, que llegó a la conclusión de que el pasado, por poco que uno piense, era algo infinitamente más estable que el presente. Transcurrieron las horas y no podía dormir.

            A su lado el general roncaba plácidamente. Ella tenía ganas de huir, que cuando despertara no la viera. (¿O mejor despertarlo y escupirle todo de frente?). No no. No debería irse. La curiosidad y la responsabilidad no la dejarían en paz. Además, no podía perderse su reacción, saber si sus ojos decían la verdad cuando ella le externara la causa de su tormento. Pensó en prender la luz, pero hacerlo a esas horas lo único que causaría sería su enojo. Al minuto siguiente pasó por su mente la idea de que somos más clarividentes cuando está oscuro, porque nuestros ojos no nos engañan.

          En el fondo quería oír que era un absurdo chisme de sirvientas y que eso en realidad no estaba ocurriendo. En esas largas horas de vigilia no pudo ordenar sus pensamientos, mucho menos armar una estrategia para mantener a raya a los monstruos que volvían a aparecerse. Ni siquiera sabía como localizar la punta del hilo de la madeja. El impacto de sus sentimientos le nublaba la mente. Aún así quería justificarlo, pensar en los valores que el general siempre había demostrado. En realidad era su imaginación la que se esforzaba en vestir las cosas, pero las cosas son divinamente desnudas.

        Era verdad que en los últimos años la frecuencia de sus relaciones conyugales había disminuido, pero ella lo veía como normal. Él era un hombre fuerte, aunque entrado en años, y parecía lógico que la actividad sexual fuera espaciándose, más aún después del periodo de mayor pasión que habían vivido durante tres años de noviazgo. Cierto, también, Don Manuel era un hombre conservador. Decía que las costumbres no permiten en las mujeres la pasión, que solo se les consciente el amor, quizá por eso amen tan totalmente.

        Ana Isabel se había casado en segundas nupcias con el general, viudo hacía unos años, y siempre creyó que le era fiel. En sus viajes de inspección a las zonas militares, aún si eran muy lejanas, siempre iba y venía el mismo día en un avión del ejército. Nunca vio nada que pudiera tener el menor indicio de desliz. Era muy paternal con su hija y muy respetuoso, protector. La escuchaba pacientemente. Incluso ella pensaba que su esposo se había convertido en el padre que la niña nunca había sentido cerca. Se les veía a los tres tranquilos y alegres cuando salían. La prioridad estaba en cumplir los deseos de Ana Isabel.                                                

        Cristina, que para entonces ya tenía 19 años, era una estudiante dedicada y de espíritu liviano. Hacía agradable cualquier momento, aun en sus difíciles años de adolescencia. El padrastro le inspiraba confianza y ella con frecuencia le platicaba de sus tropiezos y angustias. Sin embargo, nada nos empuja tanto a las extravagancias del instinto, como la regularidad de una vida demasiado razonable. ¿Será que en verdad ya no me quiere? ¿Que le soy indiferente a ese señor siempre impecablemente vestido, oliendo a limpio y con tanto poder?¿Podría figurarse que los actos que yo estoy juzgando como reprensibles él pudiera pensar que son al mismo tiempo fáciles y espontáneos? Casi al amanecer, Ana Isabel estaba más confundida que cuando recibió la noticia de la supuesta relación extramarital. Seguía sin creerlo, simplemente no podía ser.

         Don Manuel, como era costumbre en miércoles y viernes, se levantó al despuntar el día para ir a montar al Club Hípico de Chapultepec. Ella no lo pudo ver a los ojos. Temía que su mirada penetrante fuera revelar que ya sabía su secreto. Evadió su beso de despedida. Desde el baño le lanzó un “que te vaya bien, nos vemos en la noche”.

         A Cristina tampoco la podía enfrentar. ¿Cómo siquiera sospechar que en la alegría estuviera contenido el pecado? No estaba preparada para indagar si su hija estaba confundida y el amor que sentía por el padrastro era más pasional que sentimental. Tardó mucho más en la regadera para no encontrársela en el desayunador.

         Mientras pasaba el agua caliente entre sus piernas, Ana Isabel recordó las veces que buscó en los brazos de otros hombres la comprensión y calidez que el general no le daba. La culpa empezó a contaminar hasta el recuerdo del tiempo en que no había cometido las faltas.   

         Cuando se abrochaba el último botón de su camisa de seda, la mujer del militar había resuelto lo que de su parte seguía. Mejor hacer como si no pasara nada. Guardar silencio. Por dentro, soportar la tortura merecida para expiar la culpa. Morir en vida.

 

Nota: Las cursivas son frases de la escritora belga Marguerite Yourcenar (1903-1987) en su novela “Alexis y el tratado del inútil combate”.

 

 

 

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